Entrevista

 

“Procuramos, a través de un ambiente alegre y de respeto, dignificar al niño”

La sede social de El Peñón, es una casa cuadrada con un patio central. Ahí hay un árbol alto que da algo de sombra y pasto. Alrededor hay varios tenderos con ropa y su respectivo cartelito colgando con el precio. Al lado derecho, hay una sala larga, con mesas bajitas y sillas pequeñas. Hay varios niños que toman una taza de leche y se comen un sanwich. El movimiento y el ruido es constante. La hermana Marisol sirve leches, saluda apoderados, reta niños, saluda con cariño a otros, arazá gente… Todos tienen un espacio en su cabeza, a todos les toma atención. Llega una familia con un coche y la hermana se inclina a saludar al chico de cachetes sonrosado que se asoma. “El próximo semestre ya me lo puedes traer”, le dice a los padres. Vuelve a entrar al gran salón, el niño que acaba de saludar en el coche ahora espera a la hermana para poder despedirse.
Con gritos y mucho desorden, la hermana consigue reunir a los niños en un rincón del salón y da comienzo a la oración inicial.

Al termino, la hermana entra, sale, va y viene. Recibe gente, entrega ayudas a personas, habla con niños, conversa con los monitores… No para.

¿Cuánto tiempo lleva aquí trabajando?

Yo empecé aquí en 2014 en esta sede social de El Peñón, pero esta sede tiene una historia muy larga, porque esta gente venía de un campamento, donde actualmente está Home Center frente al Santuario de Bellavista. La hermana Fridlena y la hermana Cristífera visitaban a esta gente cuando estaban en el campamento. Hacía una atención pastoral y social. Llevaban remedios y ropa, pero también se preocupaban pastoralmente de ellos. Estaban cerca de la gente el año 85 más o menos, la Municipalidad de la Florida, los sacó de ahí y les dio casa acá en esto que llamamos la población El Peñón.

Yo trabajo con los nietos de la gente que llegó en esa época. Esa gente, la erradicaron de su lugar y la trajeron a esto que era un potrero, entonces la gente se iba a pie al trabajo que tenían en aquella época pero tenían la casa sufrieron mayores pellejerías, las hermanas con el tiempo adquirieron esta sede social, que era el corazón de la población.

¿A qué se refiere con pellejería?

Pasaron miseria. No tenían que comer. Las hermanas se preocuparon especialmente de darles todos los días desayuno a las 6 de la mañana. Les dieron desayuno a los niños de la época, que hoy son los papás de los niños que vienen aquí. En ese tiempo las escuelas no daban desayuno. Además, distribuían alimentos para la navidad. Muchas señoras que hoy vienen, me dicen que sus navidades eran con los alimentos que las hermanas les daban. Cuando se iniciaba el año, las hermanas traían todos los materiales escolares para los niños. Especialmente gracias a la hermana Fridlena, que se conseguía donaciones de Alemania. La hermana Cristífera se dedicaba más a la catequesis a la parte más pastoral. Acá no había capilla no había nada. Hubo gente que se casó aquí en nuestra sede, hubo primeras comuniones aquí, todo funcionó entorno aquí. La gente dice “Voy a la iglesia” y es esto.

Las hermanas empezaron a hacerse mayores, y después poco a poco estas dos hermanas que daban la vida por esto, se hicieron mayores, pasaron otras hermanas, pero nunca prendieron tanto esto y esto fue paralizándose y quedando a manos de gente de aquí, que no tenía la formación. Empezaron a tener muchos problemas con quienes entraban a la sede. Cuando tomé la sede en 2014, esto estaba muerto, no había nadie. Nada.

¿Qué ocurre cuando llega aquí?

Cuando llegué, había un clima de desconfianza. Ni siquiera yo tenía llave. Había muchos problemas. Poco a poco pensé que hago, como empiezo. Empecé a visitar las casas. Alcancé a visitar 40 casas aproximadamente, para ver un poco el pulso de la gente y después de eso, me decidí a empezar con los niños, porque pensé que no tenía mucho que hacer con los adultos. Gran parte de esos niños que invitamos en 2015 siguen aquí. Yo abría el portón y los niños llegaban.

Actualmente el proyecto está enfocado a los niños.  Vienen de ambientes donde muchos papás son drogadictos, alcohólicos, reciben maltrato, están expuestos a abusos. Estos niños que yo tengo aquí, están tremendamente desvalorizados. Son niños “problema”, así entre comillas, pero acá vienen felices Les encanta, vienen prácticamente todos los sábados. Los martes empezamos de apoco a ofrecer un refuerzo escolar. Pero un poco desordenado. Desde el año pasado hicimos un evaluación y ordenamos el refuerzo escolar y empezamos con estudiantes de pedagogía básica y profesoras. Ahora tengo un equipo de profesionales del movimiento, con psicólogas, psiquiatras, un grupo de gente que quería hacer un apostolado desde su profesión y sumó al Peñón como su servicio de apostolado. Vienen una vez al mes y mi hermana, que es psicóloga infantil, se ha dedicado a formar a los monitores. A darles herramientas para los niños. Eso ha sido muy importante, porque han sido niños muy difíciles. Tener la cercanía y a la vez la autoridad.

Juntos hemos sacado niños adelante, que no repiten y motivarlos a que alcancen el estudio. La mayoría de la gente no tiene formación. Esta gente no vive en la miseria, pero si vive en una pobreza espiritual y material muy grande. Alto porcentaje de analfabetos. Tengo también una persona, que tiene un programa de alfabetización para adultos.

Esta sede pretende abrirse de martes a sábado, pero solo se abre los martes en la tarde y los sábados en la mañana. No tengo ni más voluntarios ni más recursos. El programa apunta a que todas las tardes los niños tengan donde ir, un lugar en el que estén protegidos de los malos ambientes, del ocio. Las madres trabajan, los niños están al cuidado de una señora, de un abuelo, que están cansado, que están al cuidado junto con más niños y quedan expuestos a estar solo y a meterse en muchos problemas.

¿Cual consideraría que es el mayor reto con los niños?

Dignificarlos

¿Cómo lo hace?

Todo. Todo. Desde como los recibimos, como preparamos las actividades. Cada año conversamos con los monitores sobre las actividades, qué problemas tenemos con los niños. Cada mes tenemos salidas con los niños. Los llevamos a la naturaleza, porque los niños viven hacinados. Las casas son muy pequeñas. Procuramos, a través de un ambiente alegre y de respeto, dignificar al niño.

Su inquietud social de donde nace?

De mi familia, que estuvo marcada muy fuertemente por lo social. No lo paternalista, si no que la dignificación del otro.

Usted hace esa diferenciación, ¿pero a qué se refiere?

En el caso del paternalismo, yo protejo al otro, pero yo siempre me encuentro arriba y el otro abajo. Por ejemplo que en el taller de tejido, me preocupo de formar gente entre ellos. No quiero algo paternal. Cuando hacemos un paseo, la gente todo el año ahorra para ese paseo, pero no que viene la monja rica y paga el paseo. Eso es algo paternalista. Los niños cada vez que van a paseo, pagan una cuenta. Son solo 500 pesos, pero los dignifico. El bazar es también un medio de financiamiento. Lo que vendo lo reviso, que sea algo que dignifique, que lo que haya sea bueno. En el paternalismo, el que está abajo nunca surge. Por ejemplo, yo no soy la tesorera. Cada mes se turnan entre ellos. Así generamos un ambiente de confianza. Aquí tengo que formar niños dirigentes, porque el día de mañana no estaré. Yo no soy de ellos. Aquí presto un servicio. Todo mi equipo está formado en ese espíritu. Servir sin ser servido. Entregar sin recibir nada a cambio. Esa debe ser la actitud. No la actitud de profetas, de dar homilías y cosas. Esa inquietud social la aprendí de niña.

¿Qué resultados ha visto en su tiempo aquí trabajando?

La mayor alegría que me da, es que la mayoría de los niños que empezaron conmigo en 2015, se han mantenido. Los niños vienen felices. Abro el portón y los niños están. Eso no es evidente. Esto requiere algunos compromisos. Los niños rellenan una ficha cuando llegan, les explico algunas normas que deben seguir, pero para mi lo más grande es que vengan con gusto, que se sientan queridos. Ellos saben que yo los quiero.

Siento que la gracia de Dios me ha ayudado mucho. Mi tío, Monseñor Alvear que era muy cercano a la gente, me enseñó también. Sobre todo para mantener la autoridad. Si pierdo la autoridad pierdo todo. Yo necesito firmeza y cercanía.

Hermana ¿Quiere agregar algo más?

Sí, este es un gran apostolado. Trabajar con niños, dignificar a niños yo creo que es una de las cosas más grandes que podemos hacer y de muchas maneras. Puedes prestar servicio preparando los desayunos para los niños. También necesitamos gente en el bazar. Este es el corazón. A la gente le gusta venir, mirar, a que alguien los acoja, conversar… no solo comprar. Necesito voluntarios para el bazar todos los sábados y todos los martes. Luego está el taller de tejidos, se necesitan lanas, telares. También busco algo con arte, un profesor de guitarra o de arte…
Tenemos bonos de hasta 5 mil pesos, pero aceptamos cualquier aporte. Traer cosas para el bazar, pero en buen estado. Eso no me sirve y me da más trabajo sacarlo. Necesitamos cosas buenas, muebles, vajillas, ropa.

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