Votar con mi Omi

Mi abuela (mi Omi), tiene 85 años. Ha vivido una guerra, una dictadura, el exilio, cuatro hijos, 16 nietos, un bisnieto… Ha vivido.

Hoy fuimos juntas a votar. Mi mamá nos llevó en el auto. Mi Omi tiene una fractura en el pie y apareció con su muleta, pero sin su bota. No. Antes de que se subiera al auto, acordamos no decir nada. Al llegar, nos dejaron entrar con el auto pasado el estacionamiento para acercar a mi Omi lo más posible a su mesa. Nos bajamos y caminé junto a ella. Al rato notó algo extraño.
— ¿Y qué número es tu mesa?”, me preguntó mientras rodeábamos el Estadio Nacional hacia la mesa 33. “La mía es la 98”, le dije gritando, apretando el pecho y modulando bastante. Con la edad ha perdido la audición.
— Pero eso está para el otro lado, ¿a qué vienes?
— A acompañarte
— ¿Y para qué?
— Porque eres vieja— Le dije sin tacto
— ¿Quiieee? Yo puedo sola.

Para las primarias lo habíamos hecho así, pero ahora ella podía sola. Ese día de las primarias, hacía frío y caminamos por la misma calle que bordea el estadio. En un minuto dado se detuvo y miró hacia el segundo piso. La esperé pensando que se había cansado. “Ahí vivimos cuando llegamos a Chile”, me dijo apuntando. A los 15 años llegó a este país como inmigrante, refugiada de guerra. A los refugiados los alojaron en el estadio, les daban una cantidad de dinero y un plazo de tres meses para salir de ahí, encontrar una casa y un trabajo. Fue en ese estadio, al segundo día, que mi Omi conoció a mi Tata.

Esta vez mi Omi me discutía que ella sí podía sola.
— ¿Trajiste tus lentes?— Le grité de nuevo. No tuve respuesta.

Nos acercamos a la mesa. El jefe le explicó como era el voto y yo se lo repetí a gritos. Tres papeletas, le entregó: presidencial, diputados y consejeros regionales. Antes de recibirlos, me entregó el bastón y su cartera. Yo la esperé afuera y le conté a los vocales la historia de esa viejita sorda. Entró a la urna y ni cerró la cortina. En eso, se da vuelta y me llama.
— No traje los lentes ¿qué dice aquí?—
Su voto presidencial estaba listo y doblado en una esquinita de la mesa. Empecé a leer el otro voto y me manoteó.
— Marca cualquier cosa— Por no engañar mucho, marqué la preferencia de mi mamá.
—¿Y estos quienes son?— me preguntó y le expliqué que hay algunos conocidos, otros que son familiares de conocidos y otros que son nuevos.

Tomó el sticker, se lo pasó por la lengua y le pegó un combo sobre el voto.
— No pega— Tomé el papel humedecido y lo retiré. Antiguamente se votaba con estampillas. Ahora son stickers.

Salimos, entregó sus votos, le entregué su bastón, di mis datos (por asistir a una persona) y me fui corriendo a mi mesa.

Ganaron los dos candidatos que ganaban en las encuestas y se debía votar nuevamente para la segunda vuelta. En la noche llamó. Le quedaban dudas.
— ¿Y ahora qué pasa? ¿Hay segunda vuelta o se las arreglan entre ellos?

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