Copiones

El mejor criminal es aquel que no es descubierto.

He escuchado historias de copiones de todo tipo. Los que arreglaban las calculadoras, las que se rallaban las piernas cuando tenían profesores hombres, los que escribían en el cuello de la compañera con pelo largo y cuántas técnicas más.  Los mejores que he escuchado, fueron dos historias: unas que me contó mi hermano sobre un caso legendario y la técnica que uso mi papá por años en el liceo.

Mi hermano contaba que un día, en la primera clase de algún ramo, su profesor les advirtió “pueden copiar, sin que los descubra. Si los descubro, me encargaré que los echen de la universidad”. Luego contó la historia de los mejores copiones que él había conocido en su carrera como docente.

Estos eran dos jóvenes que ingresaron (creo) al final de los 90 a la universidad. Se hicieron amigos pronto y se les veía juntos regularmente. Los profesores sospechaban que copiaban, porque siempre sacaban notas similares, pero ellos decían que era porque estudiaban juntos.

Cada año era más evidente que copiaban y todos los profesores ponían especial atención en ellos cuando daban pruebas. Los separaban, los juntaban, los sentaban adelante, y aún así, algo se les pasaba, que copiaban igual.

Hubo un examen importantísimo. Ambos reprobaron con un 3,8. Al dar el examen de segunda oportunidad, el profesor dijo “aquí los pillo”. Estaban los tres solos en una sala. Parecía imposible, pero lo hicieron. Ambos aprobaron con un 4,2 esta vez y ambos se graduaron.

Años después, una vez titulados y ya trabajando, uno de ellos visitó la universidad. El profesor se le acercó y le pidió que por favor le dijera cuál había sido su técnica. En aquella época, los profesores usaban delantal. Todavía quedan algunos que siguen usando. Uno de estos alumnos hacía una pregunta, cuando el profesor se agachaba, este chiquillo pegaba una notita en el borde del delantal sin que lo notara. Al rato, el otro también hacía una pregunta y sacaba la notita que llevaba el pobre burrito de San Vicente.

Mi papá por otra parte, en el liceo debía aprenderse unos tremendos poemas. Eran 10 párrafos de 10 líneas cada uno (creo). Todos copiaban. El profesor, un hombre pequeñito, se paseaba por los puestos quitando torpedos y pegándolos en la pizarra. “Levante el cuaderno” y aparecía un torpedo. “Levante el brazo”, “Échese hacia atrás”, “Qué tiene debajo de la mesa”… Así iba pillando uno por uno. Excepto a mi papá.

El nos explicó que lo principal es nunca querer copiar para el 7, si no que para el 5. El tipo siempre pillaba a los copiones cuando estaban llegando al 7. Lo segundo, era tener gestos sospechosos todo el tiempo, como dejar la mano bajo el puesto, por ejemplo, así cuando llegaba el profe y le decía que levantara la mano, no iba a encontrar nada. El tipo lo miraba cachudo siempre. Se paraba a su lado y mi papá no hacía nada. El profesor avanzaba al siguiente puesto y al voltearse, mi papá ya tenía tres líneas más escritas.

Mi papá lo que hacía era anotar el poema en un pedazo de cartón o cartulina gruesa y pegarla al banco con un chinche, pero justo debajo de la superficie. De esta forma, si el profesor revisaba debajo de la mesa, no iba a encontrar nada. Cuando necesitaba ver la respuesta, la giraba y luego la volvía a introducir. Nunca lo pillaron.

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