A todo pulmón

Viví un tiempo fuera, en un lugar muy muy lejano, donde el agua del wáter gira para el otro lado y la cruz del sur no se ve en el cielo. Allí conocí la Osa mayor y la Estrella Polar. Allá compartía un departamento con una rusa. Era una chiquilla alegre, espontánea y llena de actividades siempre. Aprender a vivir con alguien a quién uno conoce, es difícil. Con un extraño, todavía más. Trataba de no importunarla, dejar siempre ordenado y ella nunca se pasaba de la línea imaginaria del mueble del baño, etc. También me paseaba todo el día por el departamento con mi pequeño parlante con la música a todo volumen. En la mañana ponía la lista “ducha” y cantaba bajo el agua. Al cocinar y almorzar, ponía música más sandunga para ponerle sabor a la comida y en la tarde me encerraba en mi pieza con mi parlante a estudiar. Música y gritos todo el día. Un día la rusa me miró extrañada y me preguntó “¿en tu país todos cantan como tú? Así, ¿siempre…?”. No lo pensé mucho y le dije que el que quería cantaba. La miré y le pregunté extrañada “¿no es así en tu país?”. No.

Al volver, me di cuenta que efectivamente la gente sí canta mucho, en la calle, en el auto, en la casa. Caminando. Algunos más tímidos hacen lipsync. Los que se creen desafinados, silban. No falta en las micros los que se andan paseando con guitarras invisibles o los que hacen pequeños pasitos de baile en las esquinas. Una amiga me comentaba que por la ventilación de su edificio, escuchaba cuando su vecino cantaba en el baño. Los lunes en mi liceo se cantaba el himno nacional y luego el himno del colegio. Hay comerciales que tienen esas cancioncitas pegajosas, que después no hay forma de sacárselas de la cabeza. Y ahí anda uno, cantándole a tapsin, a yogurts, gomitas o lo que sea. Cuando juega Chile en el Estadio Nacional, el himno se escucha hasta mi casa.

Hay que dejar de ver como obvias las cosas que no lo son.  Quizás las calles de Santiago no son un carnaval eterno, con comparsas, globos y carros con flores. No tenemos ese carácter. Pero hay siempre un ánimo especial, hay música por todos lados. Yo me levanto y canto. A veces en la bici, hasta me dan ganas de hacer Shazam a los autos que van con las ventanas abajo. Aún no me he atrevido a meter el brazo en el auto de un extraño para hacerlo, pero ganas no me faltan.

Tenía un profesor que odiaba los musicales. Decía “¡la vida no es un musical! Nadie se anda paseando por ahí cantando”. No es así, tampoco ocurre que cada vez que alguien tiene un sentimiento profundo, inventa una canción desde la profundidad de su alma y de pronto todo el mundo se vuelve parte de una coreografía. La vida no es High School Musical, pero se parece bastante a un musical. La pregunta de la rusa debió haber sido “¿se callan alguna vez?”. No.

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