Willy Wonka real

Mi abuela de pequeña, le tocaba andar por Rumania en pleno bombardeo para ir a dejarle la comida a sus padres. A los 22 años, ya estaba casada, con una hija y a cargo de la fábrica.  A los 47 ya era abuela y para los 60 ya había sobrevivido a dos guerras: una allá en el viejo continente y otra aquí en Chile. Esa señora no se iba a dejar ganar por una mocosa que aseguraba que esas barras llenas de manteca y sin nada de cacao son mejores que sus chocolates.

Para mi cumpleaños, me hizo un regalo. Ella no daba ni oro ni diamantes, solo pedazos de cielo para cada nieto. A mí me hizo en su fábrica, una barra de chocolate. Ella preparó la mezcla, ella tostó las almendras y ella lo envolvió. Era mejor que cualquiera y su sabor era tal, que las almendras tostadas no quedaban opacadas ante la suavidad de la textura del chocolate. Era tan rico, que no sabía si atragantarme con un gran pedazo o comérmelo de mordidas chicas para que durara más. Era tan rico, que cuando me obligaron a compartirlo, solo le di un cuadradito a cada hermano y ¡ay! de ellos que no supieran aprovecharlo.

Esa señora había ganado otra vez, no sé si por el gusto de regalonear a su nieta o por el honor de llevar la corona de la mejor chocolatera del país. Sea como sea, si Jalisco hubiera probado ese chocolate, le pedía la receta.

 

 

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