Posta central

Trabajo universitario

Mi hermana y yo nos juntamos para tomar un café con mi papá. Fuimos particularmente lejos de mi casa, a un lugar en La Reina. Estábamos sentados sin decir nada, cuando llamaron a mi papá. Dijo un par de monosílabos y cortó. A la Loreto, mi hermana mayor, no le importó y siguió en lo suyo. “¿Quien era?” le pregunté. Nunca me ha importado saber quién llama, ya es como una costumbre o una muletilla. Mi papá nos miró largo rato y nos dijo “su abuela tuvo un accidente vascular”. La información no estaba completa, porque su cara no lo estaba. A la Loreto siempre le ha gustado tener el control de las situaciones. “¿Que hicieron? Le tienen que hacer este tratamiento, porque a su edad… y el coagulo está… y la sangre…!”. Mi papá no la escuchaba. Cuando la Loreto por fin se calló, le pregunté a mi papá “¿dónde está?” Mi papá otra vez nos puso cara de discurso difícil y dice “tienen que entender que la abuela ya tiene 89 años… El tío Ricardo se la llevó a la posta”. Escuchar eso fue confuso. ¿La posta? ¿Y la van a atender algún día? Terminamos el café y nos fuimos.

En el camino pasamos a buscar a mi hermana chica y seguimos a la posta. Estacionamos en la farmacia de la esquina y caminamos. Desde la farmacia, habían borrachos sentados apoyados en la pared y en la reja de la posta. Algunos estaban solos; otros, cantando y brindando. Estaba oscuro así que caminaba detrás de mi papá (cosas de niña). En la escalinata de la posta estaba lleno de gente: gente llamando por teléfono, gente pasando la noche como de costumbre y más borrachos. En el hall principal había una fila de gente en camillas, esperando entrar a una salita celeste para que les tomen los signos vitales e ingresarlos. Frente a mí había un señor sentado de lado, como si estuviera en la playa o posando para un calendario. Estaba comiendo unas galletas y tomando jugo en una botella envuelta en una bolsa plástica. El señor le coqueteaba a la enfermera y le decía “mija, venga que noh vamoh a pasear por ahí” y hacía ademán de pararse. Cada vez que hacia eso, una chiquilla de veintitantos se paraba de los asientos dispuestos para familiares esperando y le gritaba “ya poh tío córtala ¿querí? No te podí parar, así que quédate tranquilo”. Justo frente a ellos, pasa un joven con las manos esposadas en la espalda y cojeando, pegadito detrás de él, venía un carabinero. Después pasó otro, también muy mal herido y con otro carabinero de escolta. Entraron directo a la salita celeste y se quedaron ahí un ratito.

En uno de los asientos de la sala de espera, había un hombre de mediana edad con la nuca sangrando. Por la costumbre, apoyaba la cabeza en la pared. El contacto con la herida abierta le dolía y gritaba fuerte “ay!”. Una de las muchas veces grito “ay.. ay… ayayay… CANTA Y NO LLORES” a ese grito se sumaron varios borrachos que terminaron todos juntos entonando rancheras a coro.

En otro asiento había una mujer de unos treinta y tantos con un niño en brazos y otro jugueteando por ahí. La mujer mecía suavemente al niño ne brazos mientras tomaba su leche en mamadera y el otro niño jugaba con algunos autitos. La mujer tenía los ojos brillosos, respiraba a un ritmo irregular y suspiraba cansada hacia arriba. Juntaba todas las fuerzas de su cuerpo y mecía al niño. Cuando se cansaba, se apoyaba en la pared y cerraba los ojos un momento. el niño mayor, de tanto en tanto se acercaba para decirle algo sobre su juego o algo que había visto. La mujer lo miraba y le hacía una mueca, que a mi juicio era un esbozo de sonrisa porque sus ojos no decían nada.

Mi abuela estaba en una camilla, en la fila de camillas. Mi prima Bernardita le agarraba la cara con ambas manos y le lloraba encima. Las lágrimas le saltaban a mi abuela por todas partes y la movía tanto, que la pobre se caía lentamente hacia un lado. Mi tía Quena, a la vez, le tomaba las manos y le rezaba. Mi hermana chica, la Alejandra, lloraba paseándose por todas partes. Mi tía Pachi se encargó de avisarle a toda la familia. Iba número por número en su agenda telefónica, llamando a gente y anunciándoles lo ocurrido a los conocidos, por teléfono y a los desconocidos del lugar, con sus gritos. Veinte veces contó  la misma historia y cada vez era más atroz.

Entra en escena un motoquero. Era de esos de verdad, que usan chaquetas de cuero con parches y sus nombres. Era un señor flaco, viejo y canoso, con lentes de vidrios al aire. Uno se lo podría haber topado en la notaría o en la caja de un banco. Caminaba de un lado a otro buscando a alguien y llamaba por celular. Al ratito llegaron tres motoqueros más: una chica de pelo largo, teñido que caminaba encorvada y con los codos hacia afuera. Otro tipo más alto, y más gordo. Ambos traían a un tercero que venía mal. Entre los dos lo acarrearon al baño y de ahí no salió hasta unos 45 minutos después con la ayuda de los motoqueros y de paramédicos. No sé que le habrá pasado al pobre, pero cuando entraron las señoras del aseo al baño de hombres, pude hacerme una idea por la expresión de asco en sus rostros. El Motoquero canoso se paró frente a mí a hablar por celular y dijo algo de una intoxicación. En su chaqueta de cuero sin mangas, decía su apellido y su cargo: “presidente”.  Una hora después el motoquero intoxicado entró solo. Los demás se sentaron a esperar.

En la sala de espera había varias personas. Poco menos de la mitad éramos Gutiérrez. Mis primos, tíos y gente de la familia que no conocía, se paseaban, rezaban y comían. Un poco más allá, estaba sentada una mujer joven, de unos veintitantos, con un niño en brazos. El niño estaba bien, ella parecía afiebrada y algo mareada. Trataba con todas sus fuerzas estar bien para cuidar a ese niño y otros dos que jugaban por ahí. Lo acurrucaba en sus brazos, le pasaba la mano por su cara, pero no aguantaba mucho rato. Echaba la cabeza hacia atrás y suspiraba hondo con los ojos cerrados y apretados. Respiraba agitadamente a veces y miraba angustiada hacia la salita celeste.

Nuevamente uno de los borrachos se puso a cantar. El tío de la camilla, le siguió el juego y otro tipo por ahí los hacía callar. Mientras a mi abuela le tomaban la presión, la temperatura y otras cosas que no comprendo, la Loreto, para despachar a la mitad de la gente que estaba ahí, se ofreció a hacer un grupo en wassapp y avisar lo que ocurría. Teniendo eso resuelto, Varios de los nuestros se fueron.

Lo que ocurría en la puerta no podía dar cuenta lo que ocurría adentro. Afuera la gente compartía comida y alcohol. Ellos conversaban muy fuerte y se reían aún más alto. Si no hubiera sabido que esa era la posta, hubiera creído que era uno de esos locales de barrio República donde van los universitarios a carretear.

posta

 

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