El mar

Trabajo universitario

El año pasado había venido aquí, a esta playa. No sé donde tendría la cabeza en ese momento, pero no me acordaba que fuera así. Es una playa curva, que tiene un paseo alrededor muy lindo. Hay muchas familias que caminan por aquí y un poco más allá se ponen los botes de los pescadores que venden mariscos y pescados. Hay un restaurant azul y más allá hay más playa y más familias y gente corriendo, paleteando, bañándose. Es todo muy tranquilo.

Hace años que no escuchaba el mar. Había ido a otras playas, pero no había escuchado el mar así, como ahora. Me siento en la arena y veo frente a mí un tremendo océano azul. Según yo, que se ve hasta Isla de Pascua. Que increíble es el brillo del mar, tan feliz, tan contento y juguetón. Antes, cuando veía los partidos de fútbol, me aburría  y me fijaba en el público que brillaba igual que los diamantes por los flashes de las cámaras. Así brilla el mar hoy. No es un partido de fútbol, no hay gritos, no hay nada. Estoy sola, después de años.

Hay un sol rico, calentito. En la capital el sol es denso, pegajoso y desagradable. Casi todo en Santiago es así. Me imaginé en la casa. A esa hora estaría en la cocina haciendo alguna cosa en la olla. Gritos, malos chistes. Aquí es agradable. Estar aquí no es como nada en Santiago, nada me ata, todo es suave, ligero, que invita a quedarse así: echada en la playa leyendo, subir un cerro o ir a la plaza y comer mote con huesillo.

Ahí está el mar. Se perfectamente que está helado porque así es aquí, pero se ve tan rico, tan calentito. Ni siquiera me quiero acercar para quedarme con esa idea. Veo a unos chicos que se van con unas balsas inflables flotando más adentro y ahí se quedan tomando sol. Y el agua los mueve con un vaivén muy divertido, parece un vals chilote.

Frente a la playa hay una isla chiquita, se llama la “isla de los lobos”. Parece una miniatura de montaña nevada porque tiene toda la cima blanca. Sentada aquí en la arena me imaginé a mí misma, en esta posición, pero en la cima de ese cerro. Me reí pensando con esto y mejor que no, mejor yo me quedo aquí y que para la punta de ese cerro-isla se vaya otro. La arena tiene un color beige muy clarito y se siente suave en mis pies. Cierro los ojos y es increíble no pensar en nada, solo escuchar el oleaje, el viento, las gaviotas. Cuando llegue a Santiago, espero que todo sea así de nuevo y emocionante como ahora.

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