Colombiano

Trabajo universitario

En Barrio Italia, en la calle Girardi hay una galería de arte. En el primer piso hay una cafetería con un café colombiano buenísimo. Yo ya lo había visto, así que voy directo a la barra de madera oscura que hay y me siento. Andrés me hace un café expreso doble y grande y nos ponemos a conversar. Cuando escucho su voz siempre me imagino dos cosas: que me va a decir María Joaquina, aunque no tenga nada que ver  y que detrás de él hay un pequeño carnaval caribeño que lo sigue. Él debe pensar que le voy a decir “wena weon” y que detrás de mí hay un pequeño esquinazo.

Mientras esperamos un momento antes de empezar, trato de ver si parece extranjero. Lo más llamativo son sus manos. Tiene un tremendo reloj en una muñeca, pulseras de cuero, anillos de plata y una cadena de plata. Es como si sus manos fueran de un motoquero y el resto de su cuerpo un chiquillo normal, claramente no es un chiquillo y su experiencia duplica su edad.

“Tengo 30 años, intensamente vividos” me dice sonriendo. No sé si es chiste o en serio. Llegó a Chile, porque vio este país como una plataforma de negocios. Él es cafetero y se paseó por Argentina y Perú viendo como recibía la gente el café, pero vio que en Argentina había un monopolio de una sola industria de café y aquí estaba surgiendo fuerte. Venía a reemplazar nuestro Nescafé por algo más sabrosón.

Nació y creció en Cali, al sureste de Colombia. Una ciudad mediterránea donde al parecer el carnaval no se acaba. Todos andan siempre de rumba y la gente suele reunirse con toda su familia los fines de semana. Es raro ver un caribeño amargado. Cali es un centro económico e industrial muy importante. Está como a una hora de la costa y a cuatro de Ecuador. Cali en más de algún sentido se parece a Santiago. Esa ciudad también está resguardada por la Cordillera de los Andes.

Ahí llevaba una vida acomodada, muy normal, con sus negocios, familia y muy buenas raíces. Al principio no entra en detalles. Esto me enreda un poco, porque me cuenta constantemente lo bien que estaba y lo bien que vivía, pero no dice porqué ni como. Que tenía amigos, mujeres, licor, trabajo. También me cuenta lo mal que lo pasó aquí. “Afortunadamente, me considero una persona, como dicen aquí en Chile, muy aperrada o muy berraco, como decimos allá en Colombia”. El no se quedó llorando encima de lo que perdió. Él se paró y siguió.

Cuando se vino a Chile, su esposa quedó allá. Estuvieron separados un poco más de seis meses. El siempre fue de la calle, de salir, de estar fuera. Ella siempre fue más hogareña.  No quería venirse con ella, porque sabía que ese cambio tan brusco la iba a hacer sufrir. Andrés se vino de Santiago de Cali a Santiago de Chile y trató de armar un hogar para recibir a su mujer. Esa fue la parte más dura de todas.

Desde el cambio de clima hasta los modismos y la forma de tratar de los chilenos le afectaron cuando llegó. A Jazmín le costó más. Todavía se está acostumbrando al clima y todavía le cuesta un poco adaptarse al frío.

Mientras conversamos, llegan tres personas a pagar su cuenta. Andrés suma en su calculadora y dice rápidamente “Los tinticos, diez”. Los tres clientes y yo, nos miramos perplejos “¿qué dijo?”. Los clientes son más odiosos. Típico chileno, que para hacerse el chistosito, humilla (y ­­­­­­­de paso le pide un descuento). Andrés, con santa paciencia, les sonríe, les dice algo amable y los despide.

Continúa su relato, fija sus ojos en mí, pero no me mira. Frente a sus ojos pasan imágenes de su primer día en Chile. “Llegué un día en la madrugada, con un clima de la chingada y me quedé con una amiga. Al día siguiente me estaba echando”. Apareció aquí en junio. Me lo imagino perfecto: saliendo del aeropuerto con esa neblina densa y helada que hay en Pudahuel. Después de estar tres días con su “amiga”, se fue a una pensión de pesadilla. “Compartía el baño con 60 personas” me dice a modo de ejemplo. Se cuestionaba todos los días que era más asqueroso: si bañarse o no. Este hombre, quien creo que no conocía los polerones, le tocó pasar el inverno en un lugar sin calefacción ni agua caliente. Recuerda como le dolía la cabeza del frío cada vez que se bañaba. En la pensión había muchos otros extranjeros latinos. Comenta que era gente mala, que venían a hacer daño, que no respetaban a los demás.

Nadie le arrendaba. “Era como el viento: me sentía, pero nadie me veía”. Como no tenía papeles, nadie quería meterse con él. Plata tenía y no le faltaba, pero todos le cerraban las puertas como si fuera una epidemia: la epidemia extranjero-ilegal. Sus papeles se demoraron tanto, que incluso su esposa, que llegó seis meses después, recibió sus papeles antes. Correos de Chile le había extraviado las fichas y tuvo que tramitar en el trámite para dejar de tramitar. Todo lo que le pudo salir al revés aquí, le salió. Desde las estrellas hasta la dirección del agua al tirar la cadena del baño.

Trabajó en varios lugares como garzón. Fue garzón en el Club Chocolate cuando lo reabrieron después del incendio, trabajo en hoteles y otras cosas, pero su sueño era más fuerte: el quería un café. Tenía un trato atento con los clientes y le iba bien, esto le permitió empezar a ahorrar, aunque fuera de a poco. El salía a recorrer con varios currículos impresos y seguía buscando opciones. Un día llegó a Barrio Italia y encontró un café. Lo vio y supo que ese café iba a ser suyo. Entró y justo necesitaban gente para trabajar. Después de un tiempo trabajando ahí, se sentó con su jefe a conversar y se lo planteó: “Te compro el café”. El dueño sorprendido, no entendía nada. “Yo soy colombiano y ustedes siempre piensan –claaro, el es narco-. Si ustedes van a otro país la gente piensa que son lanzas.”

En Cali está uno de los carteles de droga más grande de Colombia. Le sigue al de Medellín. En Cali, encabezaban la organización los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez, el Ajedrecista y el Señor respectivamente. La cantidad de dinero que movieron en la década de los 80 se estima en miles de millones de dólares. Nunca se supo del paradero de ni un peso.

Andrés es una persona que nació y creció dentro del mundo del narcotráfico. Comenta con total naturalidad que eso no era malo, porque se vivía en familia. “El amarillismo ha afectado la imagen del tráfico de drogas”. Lo que sí destaca, tanto de la serie como de su empresa, es que siempre era en familia. Hace hincapié en que no se mezclan nunca negocios con familia, ni mucho menos te metes con la mercancía. “Si a mí me preguntan si fui narcotraficante, digo que sí, pero no con orgullo”.

El tráfico de drogas en Chile y aún más específico, en Santiago, siempre va asociado a localidades como La Legua. Le pregunto si allá era así, un negocio pequeño que servía para subsistir. Niega rotundamente, casi insultado por la rotería que acabo de suponer. Su familia negociaba de todo: armas, cocaína, heroína. Golpeando la mesa me dice que no hay que meterse con la mercancía. Los grandes no lo hacen, porque de volverse adictos, pierden todo.

Me muero de ganas por saber cuánto ganaba como narco. Siempre pensé que eran alrededor de dos millones de pesos al mes. Harto, pero no tanto. Me mira como diciendo “Pequeña, el Viejito Pascuero no existe. Se gana asquerosamente”. Trato de imaginármelo en algo concreto. “Pero cuántos autos puedes comprar al mes” le pregunto. “Depende del negocio, pero al mes me podía comprar dos yates… Una avioneta si quería”. Independiente de si fue o no, los chilenos siempre le preguntan si manejaba droga allá en su país. “Una vez vino un cliente y me dijo ‘¿usted es de los Escobar?’ recordando la serie. ‘No, yo soy de parte de los Rodríguez’, le respondí”.

El tema no es como lo ponen en las películas de gánsteres. Es más drástico: si lo haces mal, mueres. En las empresas es menos radical, pero es parecido. Todo funciona como una empresa, pero el que rompió con el equilibrio, fue efectivamente Pablo Escobar. De todas maneras se disolvió en la época de Pablo Escobar. El comenzó con los secuestros y con sus excentricidades, que quitaron del semi anonimato a muchos. Quiso hacer un monopolio y ser el más fuerte de todos.

Empezar de cero fue difícil. Lo más viejos se cuestionan cosas como que ya no es tan fácil, que ya lo conocen, y un montón de inconvenientes. Andrés habla de su padre como un héroe. Es persona honrada y trabajadora. Nunca ha querido estafar a nadie y las cosas las hace derechamente. Su mamá también, siempre por las buenas.

Las guerrillas, según él, es un tema del gobierno. No le incumben a la gente si no te metes con ellos. Dice que a veces se emborrachaba con ellos y no había problemas. Son buenas personas, solo que algunos quieren más poder, se mezclaron con los narcos y eso lo hace más difícil. Por supuesto que la policía también está mezclada en esto, que todo es desastrozo. En Cali no ve esto. El movimiento ocurre en las grandes ciudades, no en Cali. Los tipos contrabandean de todo.

Las ONG hacen, como que salvan al pueblo de las guerrillas, pero generalmente terminan oprimiéndolos más. Recuerdo una campaña de la empresa cosmética Lush, donde mencionaban que su manteca de cacao provenía de una aldea de guerrilleros. Toda la aldea trabaja para la empresa, les pagan el mínimo probablemente y felizmente, porque no hay intermediarios. La gente decía como solo trabajan para esta gran firma y como se esclavizaron para poder mantenerse en pie. La empresa mencionaba como los ayudaban mientras creaban productos de belleza. No son los únicos que juegan a ser dioses.

“La corrupción está en todos lados. Aquí puedes matar y robar, pero no evadas el fisco. Allá puedes evadir lo que quieras. Las empresas evaden millones y billones en lo que quieran y a nadie le importa. Algunos se quejan que el gobierno les robó, otros dicen que son unos tal por cuales. Pero no es con extranjeros. Te llevan de rehén si hiciste algo mal, algo que los perjudica. Te matan por la misma razón, pero a tí, chilena, de 24 años sin drogas ni armas, no les conviene tenerte, porque eso implica un gasto extra innecesario. Alimentarte, tenerte, mantenerte viva sale caro si no te necesitan”.

Después de un par de meses acá, Andrés iba a crear una sociedad con una señora. Trabajó para ella un mes. La señora le robó 700 mil pesos. Le dio un cuarto para dormir y vivir. Tenía un colchón. Ni agua caliente tenía. Al final del mes, cuando tocaba cobrar, se hizo la loca, lo amenazó, dijo que tenía gente investigándolo aquí y en Colombia. De nuevo me pone expresiones que no sé cómo interpretar. Mi traductor de miradas concluyó algo así como: “como si pudiera ella manejar tantos contactos allá en Colombia”.

Se fue a vivir con un compatriota que siempre le ofreció la mano. “¡Cuando quieras, ven! Me decía, Cuando necesites, pídeme”. Cuando se fue de la casa de esta señora, le cobró la palabra a su amigo. Trata de aclarar siempre, que él no fue a ningún lado en calidad de allegado, él siempre estuvo dispuesto a colaborar y pagar por lo que era justo.  “Hubiera preferido volver a la pensión. Era del tipo de personas que le hacen daño a la sociedad. No había salido del closet todavía y era un reprimido”. No es que tenga algún problema con los gays, de hecho los respeta, tiene muchos amigos gays, sale a bailar con ellos y baila con ellos. No tiene problemas si son personas que saben hacia donde van, aclara. El tipo reprimido no tenía nada definido en su vida. No sabía si quería algo con el Andrés, entonces la relación se volvió abyecta. Le hizo la vida imposible. Le escondía la plancha, le quitaba el gas, lo humillaba etc. “Me faltó esto (Indica una breve distancia entre su pulgar y su índice, como un “OK” abierto), para matarlo. Muchas veces lo pensé, le daba vueltas al tema. Yo lo iba a matar”. Figuradamente, pensé. Vuelvo al tema. “¿Cómo matas a alguien?” Me mira y me dice levantando los hombros: “hubiera traído a alguien de Colombia”. Aún más perpleja le pregunté si eso no era muy caro. “Para mí, no”.

En ese departamento, se aguantó hasta que pudo cambiarse a su propio departamento por primera vez aquí en Chile. Tenía un colchón, una arrocera y agua caliente. Era el cielo. Era suyo. Ahí llegó Jazmín. A partir de ahí su vida fue como avalancha, todo empezó a funcionar cada vez mejor. Compró el café, su esposa encontró trabajo aquí. Algún día voy a escuchar detrás de él un pequeño esquinazo y me va a decir “wena Vero, como ‘tai?”. Por ahora se despide con un afectuoso “bueno, te deho, porque como decía mi madre, allá en mi país ‘¡Bendito sea!’”

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