Extraños

Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana y esperamos.

En la mesa de al lado había una pareja hablando de sus amigos y contando historias de borracheras. Ella le contaba como la Titi, de puro curá, le juró amor eterno al papá de su amiga. Él, por mientras, enredaba sus dedos con los de ella y se reía con ganas de todo, echándose hacia atrás y luego mirándola embobado.

Atrás de ellos, dos hombres de mediana edad, hablaban de cuentas, cifras, trámites y papeles de su empresa. No se miraban a las caras y anotaban todo con lápices negros y elegantes en sus agendas de cuero negro. Ambos tenían una pequeña tacita de café negro y los dos tenían de esos lentes pequeñitos apoyados en la punta de sus narices.

Detrás mío, dos amigas solo hablaban de comida. Calculaban calorías, comparaban dietas, hablaban de sus amigas y de las dietas que hacían ellas.

En la barra, el garzón y el barista cantaban a dúo una vieja canción. En eso, se abrió la puerta de entrada y entró un señor, seguido de un chico de unos 16 años. El padre eligió una mesa y se sentaron frente a frente. El chico leyó el menú desinteresadamente, la dejó en cima y miró a su alrededor. No se dijeron nada. El garzón les llevó un café, un helado y se los tomaron en silencio. El padre parecía concentrado en su taza. Vi como el chico miraba a todos lados hasta que se fijó en mí. Ahí me di cuenta que sabía más de la gente que me rodeaba que de la persona sentada en mi mesa conmigo.

 

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